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Hooligans, revueltas árabes e independentismo catalán Destacado

Por Fernando Esteve Mora, profesor de la UAM

          Cuenta Paul Ormerod, un economista interesado en los comportamientos sociales, que durante el Mundial de 1990 de Italia, en la sede de Cagliari, los hinchas británicos eran con razón temidos dada su reputación. Una noche  en que se había reunido un gran número de ellos en el centro de la ciudad  la policía se temía lo peor. Pero nada pasaba. Pese a los intentos de algunos hooligans de incitar a los demás a “pasar a la  acción”, la masa de forofos permanecía tranquila, bebiendo y cantando pacíficamente. Pero en un momento dado, y en repuesta al lanzamiento de un objeto contra la policía por parte de un joven, un capitán de los antidisturbios disparó su pistola al aire para disuadirle y evitar que su actitud se extendiera. Pero entonces, instantáneamente, inesperadamente, se disparó también la violencia por parte de los hinchas ingleses, que se lanzaron a la habitual orgía de destrucción de todo lo destruible. Ormerod usa este ejemplo para señalar cómo en los grupos,  la respuesta colectiva a un “incentivo” (negativo en este caso concreto) puede no ser la prevista por los economistas convencionales (que aquí sería la disuasión del comportamiento no deseado) que suponen el comportamiento colectivo es la simple agregación de los comportamientos individuales y  que los individuos responden a los incentivos de una manera “racional” y previsible.

               Me vino a la cabeza esta historia cuando tras el masivo seguimiento que la llamada “vía catalana” consiguió la pasada Diada, se la respondió desde multitud de frentes acudiendo a los costes que la independencia supondría para los catalanes. Por supuesto que sólo desde la derecha senil se equiparaba a las pacíficas familias catalanas que habían salido de fiesta para celebrar su identidad colectiva con hooligans futbolísticos y se reclamaba frente a ellas una intervención militar. Pero han menudeado y menudean  las nada veladas amenazas de que si “los catalanes” se atreven a seguir para adelante, no sólo se encontrarán fuera de la Unión Europea, sino que, dado el poder de veto que España tiene, lo tendrían crudo para volver a entrar.

               La pregunta que me hacía era la de si no pudiera ocurrir que la respuesta de “los catalanes” ante esas amenazas no acabara siendo la contraria a la que esperan quienes las profesan, y tan inesperada como lo fue para la policía la respuesta de los hinchas británicos a un incentivo tan negativo como lo es un tiro al aire. Pues bien, responder a esa pregunta depende de la estructura y tipo de la red que articula un grupo social.

               No ha sido infrecuente, a este respecto, asimilar la masiva movilización catalana a la primavera árabe. Cierto que ha habido en ella en cierto grado, las mismas características de surgimiento repentino, sorpresa y desbordamiento de los cauces establecidos. Pero las diferencias son abismales. De salida, las revueltas árabes se han producido en regímenes autocráticos. Pero también, hay otra característica de tipo técnico que las diferencia. Y es que en tanto que las revueltas árabes se han podido entender como una “cascada informativa de falsificación de preferencias”, no sucede lo mismo con la “revuelta” catalana que arrancó el año pasado.

               Se da una situación de “falsificación de preferencias” cuando una buena parte de los miembros de un grupo comparten una actitud de oposición a una situación social que los afecta a todos, pero que sin embargo no lo manifiestan individualmente por miedo a señalarse o a sufrir algún tipo de persecución pública. La gente no revela lo que realmente desea. Dado que la oposición a la situación existente no es visible, se diría que no existe. La estabilidad social parece garantizada. Pero se trata, por el contrario, de una situación muy inestable. Dado que la intensidad de la oposición y/o el miedo a ser señalados varía entre los individuos, pueden producirse cambios sociales repentinos de gran intensidad causados por hechos en apariencia insignificantes.

               Para tener una idea de cómo puede ocurrir esto imaginemos una situación en que hay una persona que estaría dispuesta a hacer visible su oposición si sabe que no va a estar sola, o sea, si hay al menos otra que también lo hace.  Y que hay otra que exteriorizaría su oposición si hubiera dos que dieran un paso adelante. Y que hay otra que a su vez lo haría si hubiera otras tres que manifiestaran su disconformidad, y así sucesivamente. En este escenario, basta con que por las razones que sean haya un individuo cualquiera que exprese públicamente su insatisfacción con la situación para desencadenar de modo repentino e inesperado una cascada de posicionamientos que llevan a que la mayoría del grupo se manifieste públicamente en contra de esa situación. Es una cascada informativa en el sentido de que cada individuo que da un paso adelante informa mediante su comportamiento a los demás de la existencia e intensidad de la oposición. No sólo revueltas políticas como las primaveras árabes se han explicado como cascadas informativas, también cambios sociales, como por ejemplo la visibilización del colectivo gay, pueden entenderse en términos similares. En este tipo de cascadas, la represión, los incentivos negativos aplicados con contundencia y continuidad pueden funcionar, restableciendo la “tranquilidad” social, la “falsificación de preferencias”.

               Pero la vía catalana no es fruto de este tipo de cascada informativa. En una sociedad democrática como la española, nada semejante a una represión social y política del sentir independentista existe. El tipo de cascada informativa es diferente: es de tipo identitario. El punto de partida es similar: distintos individuos de un grupo que sienten y manifiestan su identidad en grado diverso a lo largo de un espectro que va desde aquellos cuya identidad (p.ej., la catalana) es relativamente débil pues está más o menos compartida con otra (p.ej., la española) hasta aquellos cuya identidad es fuerte, única  y excluyente. Pues bien, ésta también es una situación inestable si los individuos se influyen unos en otros de modo que la intensidad de la identidad de un individuo se ve afectada por la intensidad de la identidad de aquellos que le rodean. Entonces cualquier hecho (p.ej., una disputa fiscal) que lleve a que algunos individuos intensifiquen o radicalicen su identidad puede hacer que algo diferente como la cuestión identitaria (la cuestión del lado o de con quién se está) se convierta para cada individuo en un asunto central generando así  una cascada de polarización de identidad  que lleva a los individuos más tibios identitariamente hablando a decantarse por posiciones más radicales conforme lo hacen quienes les rodean. Volvamos al caso de los hinchas ingleses. Antes de que comenzaran los disturbios, sólo unos pocos vivían su identidad como hooligans. Pero debido a un cambio exógeno (el disparo al aire) se produjo un fenómeno de polarización de identidad en cascada, que llevó a que la mayoría de los hinchas adoptasen una definición de su identidad como una centrada en el enfrentamiento violento con la policía.

               Ante este tipo de cascadas, los incentivos negativos funcionan muy mal, pues refuerzan una definición de la identidad como oposición. Agudizan la polarización social. Una posible política disuasoria más eficiente es la de la espera y contención, confiando en que dado que la expresión de la identidad es costosa, se vaya produciendo poco a poco un abandono paulatino del radicalismo identitario tras una situación de clímax.

               Pero una respuesta más imaginativa (e imaginaria) sería optar, dado que en una situación de polarización identitaria las identidades ya no se definen sino por oposición, por  acabar con ésta de la manera más sencilla: abandonando el campo de lucha. Dos no pelean si uno no quiere. Dicho con otras palabras, la mejor respuesta al independentismo catalán, es que los no catalanes exijamos también nuestra independencia respecto de España.

               Creo que habría que reconocer de una vez que España como invento político-jurídico ha sido y es un desastre. Como vehículo de convivencia para transitar por la Historia ha sido y es muy poco seguro, no pasaría con certeza una ITV histórica a tenor de que ha sido (y amenaza seguir siendo) claramente perjudicial para la salud de los españoles, pues no creo que haya familia de este país que no haya pagado un tributo de sangre para su mantenimiento o reparación. Y, entonces, ¿no sería lo más sensato abandonar semejante trasto en el desguace de la Historia para evitar que se cumpla la maldición  machadiana, ésa que pronostica a cada españolito que viene a este mundo que alguna de las dos Españas le va a helar el corazón,  siga pesando sobre las generaciones futuras?

               En su sustitución quizás podría intentarse lo que algunos de nuestros más iluminados predecesores soñaron. Crear en el suelo ibérico una comunidad política nueva en la que catalanes, vascos, gallegos, castellanos, andaluces, isleños,.. y (ojalá) hasta portugueses pudieran si quisiesen reconocerse como ciudadanos de un solar patrio común. Sería un sueño digno de ser realizado. 

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