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El subdesarrollo: la otra cara de la moneda Destacado

  • Escrito por 

Alfredo del Río Casasola
Doctorado en Economía y miembro de Econonuestra

Más allá de las ocasiones en las que alguna empresa española va a realizar una inversión fuera de las fronteras nacionales, es inusual escuchar a gobernantes referirse a la situación de los países subdesarrollados; es una muestra más del reduccionismo eurocentrista que predomina en los debates políticos. Al igual que existen voces que se han levantado desde el estallido de la crisis, frente a las relaciones asimétricas entre el norte y el sur de Europa, hay muchas otras voces que identifican la situación de los países subdesarrollados como un problema a abordar. Son voces que aspiran a una justicia global, no sólo nacional o continental.

Tal diagnóstico se fundamenta en la convicción de que el subdesarrollo no es fortuito, que la situación de los países subdesarrollados no se sustenta ni en la corrupción o insolvencia de sus gobiernos, ni en la falta de recursos naturales, ni en la ineptitud o vaguería de sus poblaciones. Sino que dicha situación se enmarca en el mismo proceso de desarrollo y crecimiento que los países desarrollados han liderado hasta la fecha.

Todos los países forman parte de un todo cada vez más integrado, la economía mundial, que determina, en gran medida, la posición de los países como triunfadores o perdedores. Como escribió Eduardo Galeano, en su obra Las venas abiertas de América Latina: “La división internacional de trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.

No es casual la evolución que ha experimentado la forma de nombrar a estos últimos. Mientras hace unas décadas era común referirse a ellos como países subdesarrollados, lo que exponía un mundo de contraposición y dicotomía, actualmente se han instalado en el lenguaje común las expresiones países en desarrollo o países en vías de desarrollo. Dichos términos son muy elocuentes ya que dibujan un terreno de juego armonioso y homogéneo para todos, el cual genera además la falsa ilusión de que todos conseguirán, antes o después, el ansiado desarrollo.

Al poco de pisar uno de estos países subdesarrollados es fácil observar que el desarrollo de unos no es independiente del subdesarrollo de otros. En este sentido, la presencia de las grandes multinacionales es muy representativa: agua embotellada propiedad de Coca-cola, coches Toyota o furgonetas Nissan, antenas de telefonía de Vodafone, frigoríficos o herramientas Bosch, etc. Así se podría seguir completando una larga lista de las grandes empresas que, apoyadas por los gobiernos de los países desarrollados, han conseguido acaparar los mercados más básicos de dichos países subdesarrollados.

¿Se podría confiar entonces en estas empresas para mejorar la calidad de vida de estas poblaciones? ¿Se podría esperar que su objetivo fuera aumentar la alfabetización o extender los sistemas de potabilización de agua corriente o de recogida de basuras? No, la preocupación de esas empresas seguirá siendo inundar más mercados con sus productos, reducir los costes salariales y, todo ello, sin tener ningún reparo en la contaminación medioambiental derivada de su actividad. Y no lo harán por maldad o despreocupación, sino por la exigencia de las leyes económicas del sistema que padecemos, tanto en los países desarrollados como, sobre todo, en los subdesarrollados.

Como dijo el presidente norteamericano Woodrow Wilson “un país es poseído y dominado por el capital que en él se haya invertido”. Por tanto, es la lógica de dichas empresas y sus Estados guardaespaldas, cuyo principal objetivo es aumentar su crecimiento y rentabilizar al máximo sus inversiones, la que condiciona enormemente la evolución de los países subdesarrollados. Esto se materializa en una serie de mecanismos que caracterizan la explotación y dominación sobre estos países y que, en gran medida, potencian y amplifican la capacidad de crecimiento de los países desarrollados.

Entre ellos destacan la inversión extranjera directa (IED) y las exportaciones, que provocan una gran vulnerabilidad ante la evolución del exterior. Por un lado, la IED moldea la estructura productiva de los países subdesarrollados al antojo de las necesidades de las grandes multinacionales y permite el acaparamiento de recursos externos en pro de su beneficio privado. Por otro, las exportaciones producidas, controladas por países desarrollados, generan todo un entramado de obstáculos al desarrollo para los países importadores y una gran dependencia frente al exterior.

Otros instrumentos relevantes en el proceso de sometimiento de los países subdesarrollados son los de carácter financiero y tecnológico. La deuda externa, la especulación con productos básicos o todo el sistema de patentes y royalties constituyen vías que permiten a los países desarrollados sustraer ingentes flujos monetarios a los países subdesarrollados. Además, la dominación no queda restringida a la esfera económica ya que existen numerosos mecanismos políticos o ecológicos, como la desigual explotación de los recursos naturales o los dispares niveles de contaminación, que caracterizan el status quo aprovechado por los países desarrollados.

Por este motivo cuando se fomenta la expansión de las empresas de un país es importante tener presentes las contradicciones existentes y las consecuencias provocadas. El crecimiento de los países desarrollados y de sus empresas seguirá estando sustentado por la miseria y el subdesarrollo de otros lugares del mundo. Tales empresas seguirán logrando que las poblaciones de los países subdesarrollados consuman muchos de sus productos, aún sin tener las necesidades más básicas cubiertas.

En definitiva, si el objetivo no es únicamente que se mejoren las condiciones de vida de las personas que habitan el Estado español, es importante ser conscientes de que el subdesarrollo no es una etapa previa al desarrollo sino –como decía tantas veces José Luis Sampedro– la otra cara del desarrollo capitalista. Sólo así podremos realmente afrontar el reto de una transformación global.

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