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La utopía pragmática o Podemos Destacado

José Antonio Nieto
Profesor titular de Economía Aplicada en la UCM, miembro de econoNuestra

Es inevitable preguntarse qué pasaría si Podemos llegase al poder. No se trata de valorar probabilidades ni de calibrar escenarios, compartidos o no. Pero, ¿cumplirían lo que esboza su incipiente programa electoral? ¿Contribuirían a mejorar la situación actual? ¿Destrozarían el país y la convivencia en democracia? ¿O dejarían aflorar dosis crecientes de pragmatismo, porque ejercer el poder implica adaptar las ideas a la realidad, si las circunstancias lo permiten y la honestidad lo hace posible?

Si fuera un partido político con experiencia de gobierno tendríamos más elementos de referencia. Hay, por supuesto, experiencias históricas que ayudan a hacerse una idea de qué podría suceder. Pero hay también muchos factores difíciles de valorar, porque tienen que ver con las características, el origen, la formación, y las habilidades personales de quienes asumen el liderazgo de un proyecto, en este caso Podemos.

¿Quiénes son Podemos, quiénes lo forman? Desde fuera, lo primero que viene a la mente es una imagen doble. Por una parte, un reducido grupo de dirigentes, fundamentalmente jóvenes vinculados a la universidad. Por otra, un amplio grupo de personas de distintas características, unidos en los círculos de Podemos por intereses y circunstancias diversas, aunque como mínimo parecen compartir su indignación por la situación actual y por cómo se están afrontando los problemas que nos afectan. La permeabilidad entre ambos grupos es algo que yo desconozco.

Sí puedo imaginar, a riesgo de equivocarme, cómo responderían los líderes de Podemos si llegaran al Gobierno. Los más conocidos son o han sido profesores universitarios, un colectivo capaz de generar ideas e intentar contrastarlas con rigor, aunque con poca experiencia práctica. Los docentes suelen tener una sólida base de conocimientos, y a veces muy buenas ideas, pero saben que para aplicar la teoría hacen falta gestores.

Y el punto fuerte de los profesores universitarios no es la gestión. Lo mismo sucede en otras profesiones y en buena parte de las administraciones públicas de nuestro país, donde los políticos tienden a descuidar la gestión o a delegarla, abriendo nichos a los corruptos y sus consecuencias. Es algo conocido, aunque los pensadores, ideólogos y utópicos suelen olvidarlo.

Líbreme Zeus de encasillar a los dirigentes de Podemos sin conocerlos personalmente. Solo hablo de indicios, basados en la experiencia de otros fenómenos similares, aunque no tan ambiciosos en sus objetivos últimos. Eso me hace pensar que si la cúpula de Podemos es sensata sabrá cribar sus ideas con el filtro del pragmatismo, aunque solo sea por instinto de supervivencia.

Por ejemplo, seguro que Podemos se rodeará de excelentes economistas. Será un paso necesario para que sus propuestas contribuyan a mejorar el funcionamiento de las instituciones económicas, políticas y sociales. De hecho, en sus filas ya hay jóvenes economistas con muy buena formación, ideas claras y firme voluntad de trabajar para cambiar las cosas. Pero las ideas hay que aplicarlas, y solo al Diablo en persona se le ocurriría descuidar ese aspecto práctico, o rodearse de gestores infames, o lo que es peor, buscar apoyos dentro de la ortodoxia de la economía convencional. Ese error ya lo cometió el PSOE en los años 80 y lo hemos sufrido todos. La supuesta magia de la economía se diluyó —y cada vez se diluye más— al comprobar que los expertos de más glamour recurren a las mismas recetas, tanto si dicen ser de izquierdas como de derechas.

En España hay buenos economistas que llevan décadas trabajando con rigor desde posiciones heterodoxas. Esa visión alternativa les permite formular diagnósticos y propuestas distintas a las que ofrecen los profesionales y los organismos económicos más conocidos. No hace falta decir que los expertos y los organismos de más renombre se equivocan mucho, casi siempre en la misma dirección, e intentan remediarlo revisando sus previsiones y recetas, aunque sigan mirando en la misma dirección. A menudo levantan sus voces, y se oyen mucho, pero no dicen nada nuevo.

Otra cuestión distinta es encontrar buenos gestores que ayuden a aplicar las ideas, en este caso las medidas de política económica. Y que además actúen con la lealtad y la profesionalidad que cabe esperar de quienes trabajan al servicio de las administraciones públicas. Al final, los conocimientos prácticos son indispensables para materializar cualquier ideario político, no solo en la macro y la microeconomía, donde habrán de librarse las grandes batallas para la creación de empleos de calidad.

Pero volvamos al primer frente electoral: la difusión razonada de las ideas. Es de sentido común que Podemos sabrá explicarse y actuar con rigor —y precaución— al plantear una reestructuración de la deuda exterior de España. Salvo que se quiera hablar del tema sin esgrimir argumentos que ayuden a contrarrestar la ortodoxia dominante. Es lógico reclamar una auditoría de la deuda, porque ayudará a precisar las distintas responsabilidades que marcan su origen, evolución y características reales. Eso legitimará los procesos de negociación que tendrán que abrirse en varios frentes financieros y no financieros, internos y externos, respetando el entorno internacional, cuyos intereses no pueden quedar solo en manos de los denominados mercados (financieros). De igual modo, ese entorno (oligopólico) de intereses nacionales e internacionales tendrá que respetar la voluntad de una sociedad cuyo progreso está necesariamente vinculado a la obligación de administrar bien los recursos.

Y administrar bien los recursos será cada vez más difícil si no se alivia la actual carga de la deuda: es demasiado pesada e impide el desarrollo del país. Eso lo saben los acreedores. Saben que ya han recuperado parte del capital financiero invertido y reinvertido, y no ignoran que para seguir recuperando el resto de manera fácil y fluida el peor camino es imponer condiciones de negociación que frenen el desarrollo económico y social, porque asfixian a los más débiles al priorizar la acumulación de recursos en el sector financiero. De hecho, hay ejemplos en la historia que muestran con claridad que el tema de la deuda no es tabú, lo diga quien lo diga (bancos, organismos mundiales, ministros de economía o medios de difusión). Se puede alterar el orden de prioridades al abordar ese y otros problemas interrelacionados entre sí, hay formas distintas de afrontar las reformas económicas y sociales, y se pueden negociar —multilateral y bilateralmente— plazos, tipos, permutas, titularidades, quitas… Lo contrario, es decir, las posiciones maximalistas, suelen ser perjudiciales para todos, aunque los primeros perjudicados sean los de siempre, los más débiles.

Otro ejemplo, todavía en el terreno de la difusión de las ideas: la fiscalidad. Hacen bien algunas personas en temer la política fiscal que apuntan los economistas de Podemos. Pero el temor no puede ser generalizado, como sucede hoy día, puesto que ahora la doble guadaña de los recortes y la regresividad fiscal afecta negativamente a la mayoría de población. Parece sensato pensar que Podemos incrementará la presión fiscal solo a los más ricos y a las grandes fortunas y empresas, y se centrará en combatir el fraude, en lugar de insistir en subir impuestos indirectos y tasas (lo que aumenta la brecha de la desigualdad e impide avanzar hacia un modelo de desarrollo más sostenible y equitativo). Todo esto hay que explicarlo hasta la saciedad, aunque cueste hacerlo.

Asimismo, parece lógico pensar que si Podemos llega al poder se rodeará de especialistas en temas fiscales que ayuden a llevar a la práctica de una forma realista sus ideas. Esos expertos existen, aunque ahora estén lejos del Gobierno. También es lógico pensar que habrá nuevas inversiones si la economía funciona mejor que ahora (algo fácil de imaginar), e incluso que esas nuevas inversiones y actividades empresariales ocuparán los huecos que dejen los capitales que huyan. Los capitales siempre podrán huir mientras haya paraísos fiscales y leyes que los amparen. Es difícil evitarlo, hasta que la mal llamada comunidad internacional se muestre dispuesta a cambiar las normas actuales. Mucha gente lo sabe, pero hay que explicarlo con insistencia, incluso a quienes no quieran escucharlo.

Más ejemplos de acciones necesarias, posibles y económica y socialmentebeneficiosas si se gestionan bien: la renta básica, la banca pública, reforzar las políticas sociales, combatir el desempleo en todas sus formas, acabar con el drama actual de los desahucios, luchar contra la corrupción, lograr un consenso en materia educativa para un horizonte de largo plazo, fomentar un modelo de integración europea y un sistema de relaciones internacionales distintos… Hay muchos más casos que podrían someterse a análisis, aunque solo sea de manera preliminar e hipotética, porque solo es una hipótesis que Podemos roce el poder o se asiente en él.

Si eso sucede, será porque muchos españoles habrán decidido apostar por algo desconocido, por algo distinto que promete erradicar la podredumbre actual. Se podrá tildar a los votantes de valientes o de temerarios, depende de quien lo proponga. Pero esa es la grandeza y la miseria de la democracia: el reto de los políticos de convencer a los votantes, y la esperanza de éstos de no sentirse defraudados, como suele ocurrir.

Si gobiernan, harían mal los dirigentes de Podemos encerrándose en una torre de marfil para sacar brillo a sus ideas. Harían mal en olvidar que lo importante es cómo llevarlas a la práctica con honestidad, sensatez y sensibilidad. Eso suele requerir tener las ideas claras, pero también saberlas pulir con dosis bien administradas de pragmatismo. De pragmatismo político, económico y social. De utopía pragmática.

Hay utopías necesarias, razonables e incluso posibles. La cuestión es cómo gestionarlas. Igual que hay ideas magníficas, de izquierdas o de derechas, pero cuando se revisten de ideología resulta poco creíble sostener que no son de izquierdas ni derechas. Resulta poco creíble, porque sus efectos no son neutros, aunque esas ideas vayan acompañadas de la más firme y leal voluntad de consenso. Una voluntad de consenso tan poco frecuente en nuestro país como indispensable para afrontar las múltiples implicaciones que tendrá la reforma de la Constitución.

En el caso de Podemos, ¿debemos descartar que las ideas escondan un intento de situarse por encima del bien y del mal, para vender humo y obtener beneficios inmediatos? ¿Tenemos que pedirles que se expliquen mejor, para evitar deslices populistas? ¿Hace falta recordarles que en política la bondad de las ideas se confirma, sobre todo, aplicándolas? ¿O es preferible aprovechar el impulso de una nueva generación y esperar que nos ayude a regenerar este país lo antes posible?

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